Han pasado 45 años de la muerte del general Lázaro Cárdenas del Río y 75 desde que dejó la Presidencia de la República, y su memoria sigue viva. Generación tras generación se transmite la imagen de un buen presidente; más aún: del mejor presidente del siglo XX. Y yo diría del único presidente posrevolucionario que es nombrado con respeto. En el lenguaje popular se dice que México sólo ha tenido dos buenos presidentes: Benito Juárez en el siglo XIX y Lázaro Cárdenas en el siglo XX.
¿Por qué es recordado Lázaro Cárdenas? ¿Por qué impone respeto a generaciones que no lo conocieron físicamente y que sólo han oído hablar de él en los libros o en los relatos de sus antepasados? El secreto está en una cuestión muy sencilla de explicar, pero muy difícil de lograr: usó el poder para beneficiar al pueblo de México, a la gente común, al más olvidado, al más humilde, al más pobre. Los gobernantes, en el mundo en general, y en México también, tienden a servir a las elites, a los poderes fácticos, a los dueños del dinero, a los imperios. Por eso, cuando un gobernante enfrenta con valentía, con dignidad a esos poderes se gana el respeto de la historia y la veneración de la gente.
Lázaro Cárdenas gobernó con el poder de las masas populares, las convocó, las escuchó, hasta cierto punto las organizó y las convirtió en el actor principal de su programa de gobierno. Eso explica que cuando necesitó a la gente, la gente estuvo ahí con él, y que no hubo poder político o económico nacional o extranjero que pudiera desbarrancarlo. La figura del general Lázaro Cárdenas crece más con el paso del tiempo en la medida que el político de nuestros días se convierte en una especie de producto chatarra que se anuncia con grandes virtudes por televisión y sirve para muy poco al momento de adquirirlo. La memoria de Cárdenas no necesita de espots para quedar fija en el imaginario del pueblo.
Lázaro Cárdenas dio dignidad a la Presidencia de la República, desterrando el maximato callista que subordinaba el poder constitucional a un poder fáctico ajeno a las instituciones. Impulsó la educación socialista, que no fue otra cosa que llevar la formación básica, laica y científica, a todos los rincones del país. Creó las normales rurales, con sus internados para estudiantes campesinos y pobres. Impulsó instituciones educativas de nivel superior, como el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma de Chapingo, la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Todas esas medidas dieron uno de los más grandes florecimientos de la educación de nuestro país.
Cárdenas instrumentó el más grande reparto agrario en la historia de México, haciendo del ejido una poderosa propiedad social que reactivó la economía de millones de familias de campesinos. Durante su gobierno se creó la administración obrera en los ferrocarriles nacionales, hoy tristemente entregados al capital extranjero. Y por supuesto, como sabemos, expropió la industria petrolera y la riqueza petrolera del subsuelo, poniéndolas en manos del Estado. Esta decisión de gobierno potenció el respeto a México en el escenario internacional, materializó el ejercicio de la soberanía, concretó una aspiración de justicia laboral de los trabajadores petroleros mexicanos, pero sobre todo sentó las bases para un desarrollo nacional sostenido. Esa fue una decisión tremendamente visionaria. La expropiación petrolera hoy permite a México obtener ingresos extraordinarios por la venta del petróleo. Si no fuera por el general Cárdenas, esas ganancias estarían en manos de las grandes compañías inglesas y estadunidenses.
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